La “e-inclusion”

Los cambios en el lenguaje y en los símbolos de nuestra cultura implican una transformación de la misma. Y los símbolos de nuestra cultura, entendida como una cultura global, se han ido progresivamente haciendo cada vez más digitales.

El número de cartas escritas que se echan a un buzón han disminuido drásticamente, ahora tenemos los correos electrónicos y los sms. El teléfono fijo o las cabinas telefónicas de la calle han dado paso al Skype y los chats de mensajería instantánea. Nuestro currículum ya no se adjunta a una carta de presentación sino a nuestro perfil de usuario de una página web dedicada a las ofertas de empleo. Compramos cualquier cosa en cualquier lugar del mundo sin movernos de nuestra habitación. Podemos evitar colas en las administraciones y dejar nuestra mala opinión de un restaurante u hotel disponible para todo aquel que quiera leerla sin que quede olvidada en una hoja de reclamación.

Y es que según Macau Nadal (2005:1) “De hecho, las TIC han impregnado la actividad económica y los usos sociales, hasta el punto que algunos autores sitúan la utilización masiva de estas tecnologías en la vanguardia de una tercera revolución industrial”

Pero como todas las revoluciones siempre existen determinados factores que pueden poner en peligro los aspectos positivos de todo cambio. Uno de ellos es la llamada “Brecha Digital”

Hay autores contrarios a esta adjetivación de la red como revolución a la que apuntábamos anteriormente.

“Concedido: los ordenadores se han vuelto indispensables en casi todo el mundo, y debemos estar agradecidos a sus inventores y fabricantes. También Internet se ha tornado indispensable para cerca de un millón de individuos, quienes lo usan para intercambiar informaciones importantes o triviales. Pero la enorme mayoría de la gente no trabaja en la industria del conocimiento, de modo que no tiene necesidad de ordenador ni, aun menos, de Internet. Aunque haya muchos enchufados en Internet, nadie está construyendo la sociedad virtual; ésta es tan imposible como las ciudades fantásticas que imaginara Italo Calvino.” (Bunge, 2001: 25)

Sin embargo, en mi opinión, aunque haya un gran número de personas que parezca que no necesiten usar en su día a día un ordenador, un móvil o una conexión de banda ancha como, por ejemplo, un campesino de un pueblo latinoamericano, esto no quiere decir que la sociedad virtual sea una utopía. Deberíamos pensar en la gran proliferación de antenas parabólicas que podemos encontrar en cualquier pueblo de los países árabes (siendo éste, en principio, un aparato de lujo) o como se ha extendido  el uso del móvil en un sinfín de sociedades de las llamadas “en proceso de desarrollo”.

Y es que, queramos o no, las nuevas tecnologías avanzan a un ritmo vertiginoso y al igual que el escriba se alzaba en una posición más poderosa cuando se inició el lenguaje escrito; hoy en día, la posición de poder se inclina hacia aquellos que tienen habilidades y posibilidades de manejarse en el mundo digital. Ya que el campesino quizá tenga, en algún momento, que relacionarse con la administración de la capital para vender o comprar materia prima o materiales. Es posible que algún intermediario use el correo electrónico para comunicarse o, simplemente, que tenga algún familiar en cualquier lugar del mundo y quiera saber de él. Laboralmente, este campesino estará en condiciones de inferioridad respecto a otro que maneje las nuevas tecnologías.

Se está hablando ya del concepto de ciudadano digital: “individuo, ciudadano o no de otra comunidad o Estado, que ejerce la totalidad o parte de sus derechos políticos o sociales a través de Internet de forma independiente o por medio de su pertenencia a una comunidad virtual” (Robles,  2009:55)

  • Este concepto puede dar pie a diversas situaciones.  Por un lado a una doble exclusión: personas que aún no pueden ejercer sus derechos como ciudadanos/as en el mundo, llamémosle real, y que o por desconocimiento o falta de acceso también son excluidos de la ciudadanía digital.
  • Por otro lado a una exclusión selectiva: personas que encontrándose en la misma situación y gracias a los factores positivos de la red puede ejercer esos derechos en ella gracias al anonimato y a lo global que de ella se derivan.

Según Robles (2009:56) para que exista esta ciudadanía digital se deben dar tres factores:
-    Acceso a Internet.
-    Habilidades Digitales
-    Percepción de la utilidad de la tecnología.

Estos tres factores son los que crean, con su ausencia, el llamado analfabetismo digital: “consideramos que una persona está excluida digitalmente cuando se ve privada de acceder a las oportunidades y los derechos derivados del uso de las TIC o cuando no tiene capacitación para disfrutarlos” (Ortoll, 2002: 29)

Es aquí donde los profesionales del campo social debemos prestar atención y elaborar programas que palien estas carencias. Sin embargo, es importante que no caigamos en su lado más simple. Alfabetizar digitalmente no sólo implica que enseñemos a las personas habilidades mecánicas y teóricas sobre hardware y software. Una verdadera alfabetización digital no se puede dedicar exclusivamente al encendido y apagado del ordenador o a cómo encontrar páginas web en un buscador.

Se hacen imprescindibles nuevas competencias como:

  • Capacidad para discernir contenidos reales y ficticios.
  • Capacidad para evaluar dichos contenidos. No porque se trate de la red, todo vale. En el mundo de las nuevas tecnologías tenemos que aprender a ser nuestros propios “auto-reguladores” No deberíamos ayudar a viralizar un vídeo de extremada violencia simplemente porque vaya a tener muchas visitas.
  • Habilidades para evitar fraudes o manipulaciones.
  • Habilidades utilizar la red de manera eficaz y eficiente.
  • Aprender a realizar trámites y gestiones telemáticas.
  •  Regular los tiempos que utilizamos diariamente en la red. No podemos obviar otras prácticas saludables: la lectura, el deporte, las conversaciones con amigos sin pantallas de por medio.
  • Mantener buenas posturas corporales para evitar daños físicos en espalda, cuello…etc. Así como el cuidado del ambiente: luz, espacio, etc.
  •  Diferenciar lo público y privado. Cuidar nuestros datos personales y la información que compartimos en internet.

Claro que, además, hacen falta infraestructuras. Mientras que las conexiones a Internet sigan teniendo precios desorbitados muchas familias jamás podrán disfrutar de su derecho de acceso a los contenidos digitales. La “e-inclusión” debería comenzar a incluirse en los planes estatales y municipales de integración en los que se abordara la formación de profesionales en este sentido y el aumento de los puntos de acceso a internet gratuito. Es cierto que ya existen en prácticamente todos los colegios de nuestro “mundo desarrollado” un aula de informática y que parece que los niños/as ya no traen un pan debajo del  brazo sino un teclado y un ratón; sin embargo, aún hay muchísimas personas con muchos años de vida por delante que nunca han utilizado un ordenador. E, incluso, me atrevería a decir que aunque estos niños traigan un ratón no tienen porqué saber utilizarlo de manera provechosa.

Si quieres leer más sobre “e-inclusión” pincha en la categoría del mismo nombre del blog donde se irán colgando periódicamente todas aquellas noticias o temas de interés relacionadas con este tema.

 
Bibliografía de esta página:

 

  • Bunge M. (2001) Tres mitos de nuestro tiempo: virtualidad, globalización, igualamiento. Buenos Aires. Centro de Publicaciones Universidad Nacional del Litoral.
  •  Macau R. (2005) La base tecnológica del conocimiento en Tubella i Casadevall I. y Vilaseca i Requena J.(Coords) Sociedad del conocimiento. Cómo cambia el mundo ante nuestros ojos. Barcelona. Editorial UOC.
  • Ortoll E. (coord.) (2007)La alfabetización digital en los procesos de inclusión social. Barcelona. Editorial UOC.
  • Robles J.M. (2009) Ciudadanía digital. Una introducción a un nuevo concepto de ciudadano. Barcelona. Editorial UOC.

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